
Entrenamiento funcional: ordenando un concepto mal utilizado
Evidencia, contexto y objetivos: las claves para entender lo funcional.
Durante años, el término entrenamiento funcional ha sido utilizado de forma tan amplia que terminó perdiendo precisión. Para algunos, significa entrenar con superficies inestables; para otros, usar bandas elásticas, balones o kettlebells; y para muchos, simplemente hacer circuitos “diferentes”. El problema es que, cuando todo es funcional, nada lo es realmente.
Justamente por esta confusión conceptual, un grupo internacional de investigadores y referentes en ciencias del ejercicio se propuso responder una pregunta básica pero clave: ¿qué es realmente el entrenamiento funcional? El resultado fue un consenso internacional publicado en el Journal of Sports Sciences, cuyo objetivo no fue crear una nueva moda, sino ordenar el concepto desde la evidencia.
El consenso es claro:
El entrenamiento funcional no es un tipo específico de ejercicio, ni está definido por los implementos que se usan. Es, ante todo, un enfoque de entrenamiento. Un enfoque que busca mejorar el rendimiento humano en el deporte, la vida diaria, la rehabilitación o el fitness en función de los objetivos individuales, la especificidad de la tarea y la respuesta única de cada persona.
Esto cambia radicalmente la conversación. Ya no se trata de si un ejercicio “parece funcional”, sino de para qué sirve, en qué contexto y para quién. Un mismo ejercicio puede ser altamente funcional para una persona y poco relevante para otra. Entrenar a un adulto mayor será funcional si mejora su autonomía y capacidad para realizar actividades cotidianas. En un deportista, será funcional aquello que potencie su rendimiento específico. Y en una persona que busca salud, será funcional lo que le permita moverse mejor y sostener ese movimiento en el tiempo.
En este escenario, la programación deja de ser una receta estandarizada y pasa a ser un proceso de toma de decisiones informadas. Evaluar, dosificar, progresar y medir resultados se vuelve tan importante como el ejercicio elegido, especialmente cuando se busca impacto real y sostenido.
Otro aporte clave del consenso es la idea de un continuo de funcionalidad.
No existen métodos buenos o malos en sí mismos, sino que existen métodos más o menos funcionales según el objetivo, el momento y el contexto. El error está en absolutizar herramientas y perder de vista el propósito del entrenamiento.
En definitiva, el entrenamiento funcional no se define por la estética del ejercicio ni por su novedad, sino por su sentido. Por el objetivo que persigue, por cómo se adapta a la persona y por el impacto real que tiene en su desempeño y calidad de vida. Volver a esta definición no solo eleva el nivel del debate profesional, sino que también nos obliga a diseñar programas con mayor responsabilidad, coherencia y criterio.
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