
Entrenamiento de fuerza y cáncer de mama: ¿Es mejor trabajar el tren superior o el inferior?
El cáncer de mama es actualmente el diagnóstico oncológico más frecuente a nivel mundial. Gracias a los avances en la detección temprana y los tratamientos, las tasas de supervivencia han aumentado significativamente. Sin embargo, este éxito conlleva un nuevo reto: gestionar las secuelas físicas y funcionales que pueden aparecer a corto y largo plazo.
Recientemente, una revisión sistemática publicada por Oncu y colaboradores (2025) en la revista Acta Oncologica analizó cómo influye el entrenamiento de fuerza (o de resistencia) en la recuperación de estas pacientes, comparando si es más beneficioso enfocarse en los brazos, en las piernas o en una combinación de ambos.
El cambio de paradigma: De «evitar el esfuerzo» a «entrenar la fuerza»
Durante décadas, a las sobrevivientes de cáncer de mama se les aconsejaba evitar levantar peso por miedo a desarrollar linfedema (inflamación del brazo). Hoy, la evidencia científica sugiere lo contrario. El entrenamiento de fuerza, programado de forma progresiva y supervisada, no solo parece ser seguro, sino que es una herramienta clave para mejorar la calidad de vida.
¿Qué beneficios aporta cada tipo de entrenamiento?
Según el análisis de los 16 estudios incluidos en la revisión, los efectos varían dependiendo de la zona del cuerpo que se trabaje:
- Entrenamiento de tren superior (brazos y hombros): Los resultados sugieren una reducción del dolor de hombro y de la discapacidad del brazo. Además, se observó una mejora en la fuerza muscular localizada y, en algunos casos, una reducción en el grosor del tejido subcutáneo afectado por el linfedema.
- Entrenamiento de tren inferior (piernas): Este enfoque mostró mejoras notables en la fuerza máxima y en la capacidad funcional (medida a través de la distancia caminada en 6 minutos). También se reportó una disminución en la percepción de fatiga muscular y una mejora en los niveles de actividad física diaria.
- Entrenamiento combinado (cuerpo completo): Al trabajar ambos segmentos, las pacientes mostraron mejoras en la velocidad de la marcha, la imagen corporal, el tiempo de reacción y la fuerza general.
Es importante destacar que, independientemente de la zona, el ejercicio ayuda a mitigar la pérdida de masa muscular asociada a tratamientos como la quimioterapia o la terapia hormonal, algo vital especialmente en personas mayores que ya enfrentan un proceso natural de sarcopenia (pérdida de músculo por la edad).
Fatiga y capacidad funcional
Uno de los síntomas más persistentes tras el cáncer es la fatiga relacionada con el cáncer (FRC). A menudo se piensa que el descanso es la solución, pero el entrenamiento de fuerza ha demostrado ser eficaz para reducirla.
Es fundamental aclarar, desde un punto de vista fisiológico, que la fatiga muscular que sentimos al entrenar no está causada por la acumulación de lactato (un mito muy extendido), sino por procesos complejos de regulación neuromuscular y metabólica. El entrenamiento enseña al cuerpo a gestionar mejor estos procesos, aumentando el umbral de cansancio de la paciente.
La importancia de la individualización
La principal conclusión de este estudio no es que un entrenamiento sea mejor que otro, sino que la prescripción debe ser individualizada.
- Si una paciente sufre de limitaciones severas en la movilidad del hombro, el enfoque en el tren superior será prioritario.
- Si el objetivo es mejorar la autonomía para caminar o subir escaleras, el trabajo de piernas será fundamental.
Limitaciones de la evidencia actual
Aunque los resultados son prometedores, debemos ser prudentes al interpretarlos. La revisión señala varias limitaciones importantes:
- Certeza de la evidencia: Muchos de los estudios analizados presentan una calidad metodológica moderada o baja según la escala PEDro.
- Tamaño de las muestras: Varios ensayos contaron con pocos participantes, lo que dificulta generalizar los resultados a toda la población de sobrevivientes.
- Heterogeneidad de los protocolos: No existe un consenso absoluto sobre la intensidad ideal (aunque se suele trabajar entre el 50% y el 80% de la fuerza máxima) o la duración óptima de los programas.
- Seguimiento a corto plazo: La mayoría de los estudios evalúan los efectos inmediatamente después de la intervención, pero se necesita más información sobre los beneficios —y posibles riesgos— a muy largo plazo.
Conclusión
El entrenamiento de fuerza se perfila como una intervención segura y eficaz en la rehabilitación del cáncer de mama. No aumenta el riesgo de linfedema y mejora significativamente la funcionalidad y el bienestar psicológico.
Sin embargo, antes de comenzar cualquier programa de ejercicio, es esencial contar con la valoración de un equipo multidisciplinar (oncólogos, fisioterapeutas y especialistas en ejercicio físico) para diseñar un plan que se adapte a las necesidades específicas de cada persona y a la etapa de su tratamiento.
Referencia:
Oncu, H., Topcuoglu, C., Calik, E., Saglam, M., & Vardar Yagli, N. (2025). The effects of upper versus lower extremity resistance training in patients with breast cancer: a systematic review. Acta Oncologica, 64, 1565–1576.
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