
Cuando faltan los amigos, también falta el movimiento.
La soledad y el aislamiento social en la adolescencia afectan la actividad física en el tiempo.
La adolescencia es una etapa importante para construir hábitos que acompañan toda la vida. Dormir bien, moverse con regularidad y mantener rutinas activas no dependen solo de la motivación individual. Un estudio publicado en 2026, basado en el seguimiento de más de 20.000 adolescentes durante más de dos décadas, muestra que las experiencias sociales tempranas cumplen un rol clave en esos comportamientos.
La investigación utilizó datos del estudio Add Health (National Longitudinal Study of Adolescent to Adult Health), que siguió a jóvenes desde 1994–1995 hasta la adultez. El objetivo fue analizar si la soledad y el aislamiento social en la adolescencia se asociaban con el cumplimiento de las guías de movimiento de 24 horas, que integran actividad física, sueño adecuado y tiempo frente a pantallas.
El estudio hace una distinción central. La soledad es una experiencia subjetiva: sentirse solo o desconectado, incluso estando rodeado de personas.
El aislamiento social, en cambio, es objetivo: tener pocos contactos o interacciones con pares. No son lo mismo, y sus efectos sobre la salud tampoco lo son.
Quienes se sentían más solos tuvieron menores probabilidades de cumplir las recomendaciones de actividad física y de sueño, tanto en la adolescencia como más de veinte años después, ya en la adultez.
Las diferencias por sexo fueron claras.
En las mujeres, la soledad se asoció con menor actividad física, peor cumplimiento del sueño y una menor adherencia al conjunto completo de las guías de movimiento.
En los hombres, la soledad se vinculó principalmente con el sueño y con el patrón global de movimiento diario, más que con la actividad física por separado.
El aislamiento social mostró otro perfil.
En hombres y mujeres, tener pocos vínculos se asoció de forma consistente con niveles mucho más bajos de actividad física, tanto a corto como a largo plazo. Muchas oportunidades para moverse como los deportes, juegos y actividades recreativas son, en esencia, sociales.
Un dato relevante es que ni la soledad ni el aislamiento social se asociaron de manera consistente con el tiempo frente a pantallas. El impacto principal aparece en cuánto nos movemos y cómo dormimos, no simplemente en cuánto tiempo permanecemos sentados.
La conclusión es clara:
La actividad física también es social. Promover el ejercicio en adolescentes no basta con recomendar minutos o rutinas. Fortalecer los vínculos, la integración y el sentido de pertenencia es también una estrategia de salud, con efectos que se sienten hoy y se arrastran durante décadas.



