
¿Estamos subestimando la intensidad en la actividad física infantil?
Un artículo publicado en Sports Medicine – Open propone que las futuras guías no solo promuevan más movimiento, sino que también otorguen un mayor protagonismo a la actividad física vigorosa.
Durante años hemos repetido un mensaje que nadie discute: los niños deben ser más activos. Es un objetivo compartido por familias, colegios, profesionales de la salud y organizaciones internacionales. Sin embargo, una reciente publicación científica invita a dar un paso más allá y plantea una pregunta tan simple como relevante: ¿estamos poniendo suficiente atención en la intensidad del movimiento?
Actualmente, las recomendaciones internacionales enfatizan que niños y adolescentes acumulen, en promedio, 60 minutos diarios de actividad física de intensidad moderada a vigorosa. Pero dentro de esa recomendación, la actividad vigorosa suele ocupar un papel secundario.
Eso es precisamente lo que cuestiona un artículo publicado en Sports Medicine – Open. Tras revisar la evidencia disponible, los autores sostienen que la actividad física vigorosa merece un mayor protagonismo en las futuras guías debido a la magnitud de los beneficios que se observan de forma consistente.
La evidencia muestra asociaciones especialmente favorables con la salud cardiometabólica, la condición cardiorrespiratoria, la fuerza muscular, la salud ósea y una composición corporal más saludable. En otras palabras, no toda la actividad física parece generar el mismo impacto.
Lo interesante es que esta propuesta no implica cambiar la forma en que los niños disfrutan el movimiento. Al contrario. Basta observar un recreo, una plaza o una cancha para comprobar que los niños rara vez se mueven a un ritmo constante. Corren, frenan, aceleran, saltan, cambian de dirección y vuelven a empezar. Ese patrón intermitente y explosivo coincide con lo que la literatura identifica como actividad física vigorosa.
Quizás, sin darnos cuenta, los niños ya nos estaban mostrando cuál es su forma natural de moverse.
Esto también invita a reflexionar sobre cómo diseñamos las oportunidades de actividad física. En ocasiones, priorizamos ejercicios largos, continuos y muy estructurados, cuando el juego libre, las persecuciones, los circuitos dinámicos o los deportes recreativos pueden ofrecer estímulos de mayor intensidad sin perder el componente lúdico.
El mensaje del artículo no es abandonar la actividad moderada ni transformar cada recreo en un entrenamiento de alta exigencia. La propuesta es mucho más equilibrada: reconocer que la intensidad también importa y que probablemente merece una presencia más explícita en las futuras recomendaciones.
En un contexto donde ocho de cada diez adolescentes no alcanzan los niveles de actividad física recomendados, quizás el desafío ya no sea únicamente convencer a los jóvenes de que se muevan más. También debemos crear espacios donde puedan correr, saltar, jugar y moverse con intensidad, porque precisamente ahí parece estar una parte importante de los beneficios que la ciencia sigue descubriendo.
Si te gustó y querés saber más sobre este tema, podés tomar nuestro curso:



