
¿Y si la fragilidad comenzara en la infancia?
El concepto de powerpenia pediátrica nos invita a repensar la relación entre movimiento, salud y envejecimiento
Cuando hablamos de fragilidad, dependencia o pérdida de autonomía, solemos imaginar a una persona mayor. Es una asociación lógica: son condiciones que suelen manifestarse en las últimas etapas de la vida. Sin embargo, un reciente artículo publicado en el British Journal of Sports Medicine propone una reflexión tan simple como desafiante: ¿y si parte de esa fragilidad comenzara décadas antes, durante la infancia?
Los autores presentan el concepto de powerpenia pediátrica, una condición caracterizada por bajos niveles de potencia muscular en niños y adolescentes. La potencia muscular es la capacidad de producir fuerza rápidamente. Es la que nos permite saltar, correr, acelerar, cambiar de dirección o reaccionar ante un estímulo. Aunque tradicionalmente se ha asociado al rendimiento deportivo, hoy sabemos que también es un importante indicador de salud y funcionalidad.
La propuesta del artículo es interesante porque traslada una preocupación habitualmente reservada para la vejez hacia las primeras etapas de la vida. Así como conceptos como sarcopenia o dinapenia describen la pérdida de masa muscular y fuerza en adultos mayores, la powerpenia pediátrica pone el foco en la falta de desarrollo de una capacidad física fundamental cuando el organismo está en pleno crecimiento.
Los autores sugieren que durante la infancia se construye una especie de “reserva de potencia”. Cada experiencia de movimiento —jugar, correr, saltar, trepar o participar en actividades de fuerza contribuye al desarrollo neuromuscular y amplía esa reserva. En cambio, una infancia marcada por el sedentarismo, el exceso de pantallas y la reducción de oportunidades de movimiento puede limitar su desarrollo.
La metáfora es similar a la de una cuenta de ahorro. Cuanto mayor sea la inversión realizada durante los primeros años de vida, mayor será el capital físico disponible para afrontar los desafíos futuros.
Esta mirada resulta especialmente relevante en una época donde el sedentarismo se ha normalizado. Los niños se mueven menos que generaciones anteriores y pasan más horas sentados. Las consecuencias inmediatas pueden parecer pequeñas, pero los efectos acumulativos podrían acompañarlos durante décadas.
Quizás la principal enseñanza del artículo es que la salud musculoesquelética no comienza cuando aparecen las limitaciones físicas. Comienza mucho antes. Cada oportunidad de movimiento durante la infancia representa una inversión en capacidades que serán necesarias a lo largo de toda la vida.
No podemos evitar el envejecimiento. Pero sí podemos influir en la capacidad física con la que llegaremos a él. Y esa construcción empieza mucho antes de lo que solemos imaginar: empieza cuando un niño corre, juega, salta y descubre el mundo a través del movimiento.
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