
Cómo se siente el ejercicio también importa
Una sesión puede estar bien diseñada desde el punto de vista fisiológico y, al mismo tiempo, ser una experiencia que la persona no quiera repetir.
Cuando hablamos de ejercicio solemos pensar en variables bastante conocidas: frecuencia, intensidad, volumen, carga, repeticiones o tiempo de trabajo. Todas importan. Pero hay otra pregunta que a veces queda en segundo plano y que puede ser decisiva para la adherencia: ¿cómo se siente realmente entrenar?
Para una persona, una sesión intensa puede resultar desafiante y estimulante. Para otra, exactamente esa misma sesión puede sentirse excesiva, frustrante o simplemente desagradable. La diferencia no siempre está en el programa, sino en cómo ese estímulo es vivido por quien lo realiza.
Esto parece obvio, pero en la práctica no siempre se considera. Un entrenador puede observar que alguien completó todas las series, alcanzó la intensidad prevista y terminó el trabajo planificado. Desde fuera, la sesión funcionó. Sin embargo, esa persona pudo haber pasado buena parte del entrenamiento esperando que terminara, sintiéndose incapaz de seguir el ritmo o pensando que no quiere volver a experimentar algo similar.
Completar una sesión no significa necesariamente querer repetirla.
El esfuerzo, además, no tiene el mismo significado para todos. Una intensidad que para una persona experimentada resulta manejable puede ser muy alta para alguien que recién comienza. Incluso dos personas con capacidades físicas similares pueden interpretar de forma distinta las mismas sensaciones de fatiga, respiración acelerada o incomodidad muscular.
Por eso aprender a reconocer el propio esfuerzo también forma parte del proceso de entrenamiento. Distinguir entre una tarea fácil, exigente, muy dura o cercana al agotamiento permite desarrollar una relación más precisa con las propias sensaciones. No todo entrenamiento necesita terminar con la percepción de haber llegado al límite para producir beneficios.
Aquí también aparece la posibilidad de autorregular. Elegir una carga ligeramente menor, reducir el ritmo, modificar una variante o incluso escoger entre dos modalidades que persiguen un objetivo similar puede cambiar considerablemente la experiencia sin eliminar necesariamente el estímulo que buscamos.
Pensemos, por ejemplo, en una persona que necesita mejorar su capacidad aeróbica. Puede existir más de una forma de conseguirlo. Si correr le resulta especialmente desagradable, pero disfruta mucho más entrenando en bicicleta o remo, esa diferencia no es menor. La mejor opción no siempre es únicamente la que parece óptima en el papel, sino también la que tiene posibilidades reales de repetirse.
Otro aspecto interesante es que no sentimos igual una sesión mientras ocurre, inmediatamente después o varias horas más tarde. Podemos terminar satisfechos por haber completado un entrenamiento difícil y, aun así, haberlo pasado bastante mal durante gran parte de la sesión. Esa experiencia también forma parte del recuerdo que construimos y de lo que anticipamos cuando pensamos en volver.
Por tanto, además de preguntar “¿cumplimos el entrenamiento?”, deberíamos incorporar otra pregunta:
¿qué ganas deja esta sesión de hacer la siguiente?
De tal manera que si queremos que el ejercicio se mantenga en el tiempo, no alcanza con que produzca adaptaciones. También necesita convertirse, al menos en cierta medida, en una experiencia que la persona esté dispuesta a repetir.
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