
La adherencia al ejercicio no es perfecta
Mantener el ejercicio durante años implica aceptar interrupciones y aprender a retomarlo.
Hay semanas en las que entrenar encaja con bastante facilidad. Los horarios funcionan, el cuerpo responde, la rutina está organizada y todo parece avanzar. Pero tarde o temprano algo cambia.
Un viaje. Una lesión. Una enfermedad. Más trabajo. Un cambio de ciudad. El nacimiento de un hijo. Un periodo de estrés. O simplemente una etapa en la que la vida deja menos espacio para entrenar.
Cuando eso ocurre, muchas personas sienten que “perdieron el ritmo”. Y a partir de ahí aparece una idea bastante peligrosa: si ya no pueden hacerlo como antes, entonces quizá no vale la pena hacerlo de otra manera.
Ese pensamiento de todo o nada puede convertir una interrupción temporal en un abandono mucho más largo.
Porque perder una semana no significa necesariamente haber perdido el hábito. Entrenar dos veces en lugar de cuatro tampoco convierte el proceso en un fracaso. Y volver con menos carga después de una lesión no significa empezar desde cero.
La continuidad real rara vez es perfecta.
Por eso puede ser útil distinguir entre un lapso y un abandono. Un lapso es una interrupción. Puede durar unos días o varias semanas. Forma parte de la vida. El problema aparece cuando esa interrupción se interpreta como una ruptura definitiva y la persona espera condiciones ideales para regresar.
- “Cuando tenga más tiempo.”
- “Cuando vuelva a estar en forma.”
- “Cuando pueda entrenar como antes.”
El regreso comienza precisamente cuando dejamos de esperar que todo vuelva a ser igual.
Si antes entrenábamos una hora y ahora solo tenemos 25 minutos, esos 25 minutos siguen contando. Si una lesión impide correr, quizá todavía sea posible caminar, pedalear o entrenar otras capacidades. Si una etapa laboral reduce la frecuencia, mantener dos sesiones puede ser mucho más valioso que abandonar por completo porque ya no podemos hacer cuatro.
Volver también exige ajustar expectativas. Después de una pausa, puede ser razonable reducir temporalmente cargas, volumen o intensidad. No se trata de recuperar en una semana todo lo que creemos haber perdido, sino de reconstruir gradualmente una rutina que pueda sostenerse otra vez.
Una pregunta sencilla puede ayudar: ¿cuál es la próxima acción razonable?
No la sesión perfecta. No el programa ideal. No compensar todos los entrenamientos que no hicimos.
A veces será volver al gimnasio durante 30 minutos. Otras, salir a caminar. Repetir un entrenamiento conocido. Llamar al compañero con quien solíamos entrenar. Preparar nuevamente la ropa la noche anterior.
La adherencia suele presentarse como la capacidad de mantener una conducta durante mucho tiempo. Pero quizás esa definición necesite ampliarse.
Si te gustó y querés saber más sobre este tema, podés tomar nuestro curso:



