
Todos saben que el ejercicio hace bien. Entonces, ¿qué está fallando?
Quizás el problema no sea la falta de información, sino la experiencia que estamos ofreciendo.
Vivimos en una época en la que probablemente nunca hemos tenido tanta información sobre los beneficios del ejercicio físico. Sabemos que realizar actividad física regularmente contribuye a nuestra salud cardiovascular, metabólica y musculoesquelética, además de asociarse con beneficios para la salud mental y el bienestar. Lo vemos en redes sociales, en campañas de salud, en medios de comunicación y prácticamente en cualquier espacio relacionado con estilos de vida saludables.
Sin embargo, existe una contradicción evidente: saber que debemos hacer ejercicio no significa necesariamente que lo hagamos.
Esta situación es mucho más cotidiana de lo que parece. Personas que durante meses dicen querer comenzar a entrenar, que se inscriben en un gimnasio, compran ropa deportiva o incluso contratan un programa de entrenamiento, pero que con el paso de las semanas dejan de asistir. La intención estaba presente. El conocimiento también. Lo que no logró consolidarse fue la conducta.
Y aquí aparece una pregunta particularmente relevante para quienes trabajamos en ejercicio físico: ¿estamos intentando solucionar un problema de conducta entregando solamente más información?
Quizás no sea suficiente.
Cuando una persona comienza a realizar ejercicio, no solamente acumula adaptaciones fisiológicas. También vive una experiencia. Puede sentirse con más energía, disfrutar del movimiento, experimentar sensación de logro y satisfacción; pero también puede sentirse incómoda, frustrada, excesivamente fatigada, aburrida o incluso sentir que cada sesión es una obligación.
Estas experiencias importan.
Si cada vez que una persona entrena la experiencia resulta desagradable, difícilmente podremos esperar que los beneficios para la salud sean suficientes para mantenerla motivada durante meses o años. El conocimiento puede decirle “esto me hace bien”, mientras que la experiencia puede estar diciéndole “no quiero volver”.
Esta tensión ayuda a comprender, al menos parcialmente, uno de los grandes desafíos de la promoción de la actividad física: la adherencia.
El objetivo no debería ser simplemente conseguir que una persona comience a entrenar. También necesitamos preguntarnos qué ocurre después de la primera sesión, después del primer mes y cuando desaparece la motivación inicial.
Esto tiene implicancias importantes para los profesionales del ejercicio. Diseñar un programa no consiste exclusivamente en seleccionar ejercicios, controlar variables de carga o perseguir determinadas adaptaciones fisiológicas. También implica construir experiencias que las personas quieran repetir.
No significa convertir cada entrenamiento en algo fácil, ni eliminar el esfuerzo o la incomodidad inherente al ejercicio. Significa comprender que la dosis, la intensidad, la autonomía, la percepción de competencia, la variedad y el contexto pueden modificar considerablemente cómo una persona vive la experiencia de entrenar.
Necesitamos personas que encuentren razones para volver.
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