
La voz del médico también puede impulsar el movimiento
La comunicación del profesional de salud puede ser el punto de partida para que la actividad física deje de ser un consejo general y se convierta en una posibilidad concreta.
“Debe hacer más actividad física”.
Es una recomendación frecuente en la práctica clínica. También es una recomendación correcta. El problema es que, para muchas personas, puede terminar ahí: en una frase que indica qué debería hacer, pero que no necesariamente ayuda a comprender cómo hacerlo.
El artículo Communicating With Patients About Physical Activity, publicado en JAMA en agosto de 2026, plantea una perspectiva interesante: hablar de actividad física también requiere una estrategia de comunicación. Los autores proponen que los profesionales de salud adapten estas conversaciones al contexto, las preferencias, las necesidades, los valores y las capacidades de cada paciente.
Esto adquiere especial relevancia porque mantenerse físicamente activo no depende únicamente de saber que la actividad física es beneficiosa. Existen barreras relacionadas con el tiempo, el acceso, el apoyo disponible, el dolor, la confianza o las propias habilidades. Una recomendación que ignore estas circunstancias puede resultar difícil de llevar a la práctica.
Por eso, el artículo propone una comunicación que evite el miedo, la culpa o el juicio. En lugar de transmitir que la persona está “fallando” por no ser activa, plantea presentar el movimiento como una oportunidad y explorar qué alternativas podrían funcionar en su realidad.
Aquí existe una diferencia importante entre informar y orientar.
Informar es decir que la actividad física es beneficiosa.
Orientar implica ayudar a la persona a identificar una forma posible de comenzar, definir objetivos realistas, encontrar una dosis tolerable y avanzar progresivamente. El artículo incluso propone ejemplos concretos de conversación relacionados con el nivel de esfuerzo, el seguimiento de la actividad y el establecimiento de objetivos conductuales.
La voz del médico o del profesional de salud puede tener, por tanto, un papel relevante como referencia dentro de las decisiones que una persona toma sobre su salud. Pero la recomendación adquiere mayor sentido cuando permite pasar de “debería hacer ejercicio” a “veamos qué actividad puede realizar, cómo incorporarla a su vida y cómo avanzar”.
Y es justamente ahí donde puede establecerse un vínculo con otros profesionales del ejercicio.
Cuando existe una orientación clínica suficientemente clara, el entrenador puede disponer de información relevante para diseñar y adaptar un programa de ejercicio dentro de sus competencias, respetando las indicaciones y limitaciones establecidas por el equipo de salud.
No significa que el médico deba diseñar el entrenamiento ni que el entrenador deba asumir funciones clínicas. Significa reconocer que la promoción de la actividad física puede beneficiarse de una comunicación coherente entre los distintos actores involucrados.
El artículo también destaca herramientas como el automonitoreo, los objetivos conductuales realistas y el apoyo social para favorecer el cambio y su mantenimiento.
En definitiva, quizás necesitamos dejar de pensar en la recomendación médica como una simple instrucción.
Una buena recomendación puede abrir una conversación.
Una buena conversación puede facilitar una decisión.
Y una decisión acompañada puede convertirse en una conducta sostenible.
Ese puede ser uno de los primeros pasos para que la actividad física pase de ser algo que sabemos que debemos hacer a algo que realmente conseguimos incorporar a nuestra vida.
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