
Cuando se abandona una cancha, también se abandona una comunidad
El caso de Chile refleja un desafío presente en muchas ciudades de Iberoamérica: recuperar el espacio público como una herramienta de salud, prevención y desarrollo comunitario.
Existe una tendencia preocupante que rara vez ocupa un lugar central en las conversaciones sobre salud pública: cada vez es más difícil encontrar espacios públicos deportivos en condiciones que realmente inviten a las personas a moverse.
Aunque este problema suele hacerse visible a través de casos locales, la realidad trasciende fronteras. En numerosos países de América Latina y otras regiones, multicanchas, plazas deportivas y espacios recreativos muestran un patrón común: infraestructura deteriorada, falta de mantenimiento, inseguridad y una progresiva pérdida de uso por parte de la comunidad.
Chile acaba de entregar un ejemplo que ilustra con claridad esta situación. Un reciente reportaje de reveló que, de las 1.838 multicanchas públicas catastradas en la Región Metropolitana de Santiago, más del 56% presenta deterioro severo o pérdida importante de funcionalidad. En comunas densamente pobladas como Puente Alto, Maipú, La Florida, San Bernardo, La Pintana y Peñalolén, la mayoría de estos espacios presenta problemas importantes de conservación.
Sin embargo, la noticia no debería interpretarse únicamente como un problema chileno.
Para quienes trabajamos promoviendo la actividad física, la educación física, el entrenamiento deportivo o la salud comunitaria, estas cifras representan algo mucho más profundo: evidencian cómo el entorno condiciona las posibilidades reales de que una persona pueda mantenerse físicamente activa.
Con frecuencia atribuimos el sedentarismo exclusivamente a decisiones individuales. Hablamos de falta de motivación, escaso compromiso o ausencia de hábitos saludables. Pero pocas veces nos preguntamos una cuestión mucho más básica: ¿dónde puede ejercitarse una persona cuando el único espacio gratuito de su barrio está abandonado?
La evidencia científica lleva años mostrando que el entorno construido influye directamente sobre los niveles de actividad física de la población. La disponibilidad de espacios públicos seguros, accesibles y bien mantenidos favorece el juego espontáneo, la recreación, la movilidad activa y el deporte comunitario. Lo contrario produce el efecto inverso: disminuye el uso del espacio público y reduce las oportunidades cotidianas para mantenerse activo.
El deterioro visible tampoco es un fenómeno exclusivamente estético. Diversas investigaciones en urbanismo y criminología han mostrado que los espacios abandonados aumentan la percepción de inseguridad y favorecen nuevos procesos de degradación. Cuando una cancha deja de ser utilizada por la comunidad, no solamente pierde un recinto deportivo; pierde presencia social, encuentro intergeneracional y sentido de pertenencia.
Como entrenadores, profesores y profesionales de la actividad física solemos concentrarnos en diseñar mejores programas de entrenamiento. Sin embargo, existe un determinante igual de importante sobre el que muchas veces tenemos poca incidencia: el acceso a entornos que permitan poner ese entrenamiento en práctica.
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