
La barrera olvidada que aleja a los niños del movimiento
Aprender a correr, saltar y lanzar no es un detalle: es la base para una vida físicamente activa
Durante años, el mensaje ha sido claro: los niños deben realizar al menos 60 minutos diarios de actividad física moderada a vigorosa. Sin embargo, una pregunta pocas veces aparece en la conversación: ¿qué ocurre si un niño quiere moverse, pero nunca aprendió a hacerlo con competencia?
Esa es precisamente la reflexión que plantean Avery Faigenbaum y Karin Pfeiffer en un reciente artículo publicado en Current Sports Medicine Reports. Los autores recuperan un concepto propuesto hace más de cuatro décadas por Vern Seefeldt: la barrera de competencia motriz. Según este modelo, existe un umbral de habilidades que los niños necesitan alcanzar para participar con confianza en juegos, deportes y otras formas de actividad física. Cuando ese umbral no se supera, las oportunidades de mantenerse físicamente activo tienden a disminuir a medida que aumentan las demandas motrices propias del crecimiento.
Las habilidades motrices fundamentales como correr, saltar, lanzar, atrapar, patear y equilibrarse constituyen los cimientos sobre los que posteriormente se desarrollan habilidades más específicas. Sin esa base, resulta más difícil aprender nuevos deportes, disfrutar del movimiento y mantener una participación sostenida en actividades físicas. De hecho, la evidencia citada por los autores muestra que una mayor competencia motriz se asocia con mayores niveles de actividad física durante la infancia y la adolescencia.
El artículo también invita a replantear una idea que durante años ha dominado las recomendaciones de salud pública: evaluar el éxito únicamente por la cantidad de minutos activos. Faigenbaum y Pfeiffer no cuestionan la importancia de cumplir las recomendaciones de actividad física; por el contrario, sostienen que la cantidad y la calidad del movimiento deben avanzar juntas. Acumular minutos de actividad física sigue siendo importante, pero desarrollar competencia motriz mediante enseñanza, práctica y experiencias progresivas permite que esa participación sea más segura, más confiada y más sostenible a lo largo de la vida.
Como principal aporte, los autores proponen ampliar el modelo original de Seefeldt incorporando dos barreras adicionales. Por debajo de la barrera de competencia motriz sitúan una barrera de participación, determinada por factores sociales, ambientales y económicos que dificultan el acceso al movimiento, como el exceso de tiempo frente a pantallas, la reducción del juego al aire libre, las preocupaciones por la seguridad y los hábitos sedentarios de los adultos. Sobre ella ubican una barrera de desempeño, donde las crecientes exigencias del deporte, la escuela y la recreación, junto con las presiones psicosociales y el costo del deporte organizado, pueden limitar la participación de quienes no desarrollaron una base motriz suficiente.
El mensaje final del artículo es claro: promover una vida físicamente activa no consiste únicamente en recomendar más movimiento. También requiere ofrecer oportunidades para aprender a moverse con competencia desde los primeros años de vida. Enseñar habilidades motrices fundamentales no es un complemento de la actividad física; es el fundamento sobre el que se construyen la confianza, la participación y una relación duradera con el movimiento.
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